Capítulo 1

¿Por qué aparece?

A veces cuesta vivir sin creer en algo más allá de ti.

Es mucho más fácil cuando no te ha pasado nada malo, cuando vives una vida normal en la que no ha habido ningún tipo de dificultad y tu mayor preocupación es si te llega el dinero para salir el fin de semana y comprarte, además, unas zapatillas nuevas o te quedas sin zapatillas, pero sales el fin de semana. Pero cuando la Adversidad, así, con mayúscula, llama a tu puerta y te informa de su intención de quedarse un tiempo, te replanteas alguna que otra cosa…

Voy a intentar describir cómo me sentí durante el ingreso de un mes que tuve en el hospital de Burgos, mientras buscaban el diagnóstico de lo que me estaba pasando, que finalmente fue un cáncer. Mi segundo cáncer, pues había tenido otro a los once años. Durante ese ingreso prendió la chispa que acabaría dando lugar al sencoísmo.

Miras el reloj y ves que son las 23:55. La última vez que lo miraste eran las 23:52, pero en tu mente han transcurrido horas enteras y no consigues conciliar el sueño porque pensamientos tortuosos te asaltan continuamente. Y aunque te gusta dormir sin que haya ni un resquicio de luz, no puedes tener oscuridad en tu habitación porque el hospital siempre tiene lucecitas encendidas y el ventanal, desde el que puedes ver prácticamente toda la ciudad, no dispone de persianas, sino de unas cortinas que dejan entrar la claridad del exterior iluminado. Escuchas sonidos que suenan tres veces más alto de lo normal, sean los ronquidos de tu compañero, los pitiditos de las maquinas o los pasos apresurados del personal sanitario pasillo arriba y abajo.

No sabes qué es lo que tienes dentro, pero sabes que es algo malo y que, por muchas pruebas que te hacen, no consiguen dar con ello. En el TAC, imágenes que sugieren a las claras una neoplasia dan la cara, pero tienes que esperar a que los resultados de la biopsia lo confirmen y digan a qué te enfrentas. Te espera una semana bastante jodida porque hasta el momento en el que los anatomopatólogos decidan a qué tipo de enfermedad corresponden las muestras, te estás enfrentando no solo a una enfermedad, sino a todas. Sabes que te come por dentro poquito a poco, y en esas largas noches casi puedes asegurar que notas cómo crece en tu interior, como una gestación indeseable e indeseada. No tienes un cáncer, no, los tienes todos. Con tuberculosis y algún parásito como posibles diagnósticos diferenciales, o quizás alguna enfermedad autoinmune, tirando a la desesperada.

Y tú no sabes si vas a llegar a cumplir un año más.

Vuelves a mirar el reloj y son las 23:57, pero tu cabeza trabaja a todo trapo y en estos dos minutos se ha encargado de recordarte todos esos sueños que a tus 26 años no has podido cumplir y todas las enfermedades de fatal desenlace que podrían ser la causa de tu mal. Y así una noche tras otra, y una semana después te han dicho que el material de la biopsia era insuficiente y que tienen que operarte mediante laparoscopia para sacar muestras más grandes. Va a tocarte esperar al quirófano, y luego a que las nuevas muestras sean observadas por los anatomopatólogos hasta llegar a una conclusión, lo que implica, con suerte y si todo se hace realmente rápido, otra semana de insomnio.

Son las 23:59 de una noche diferente, pero que podría ser la misma. Tú no crees en nada, pero sabes que la batalla que empezaste ganando va camino de convertirse en una derrota. Sientes disminuir tu fortaleza mental, que, pese a ser grande, tiene un límite, y como los malos, esos demonios que aparecen cada noche y adoptan la forma de enfermedades, de oportunidades perdidas o de sueños incumplidos, se multiplican cada día que pasa y atacan con más fuerza cada noche.

¡Bip, bip! Esta vez no es ninguna máquina, es tu reloj anunciando que un día más es medianoche y sigues despierto y charlando, aunque sea silenciosamente, con unos diablos a los que no solo no logras domeñar, sino que parecen multiplicarse con cada día que pasa.

En esos momentos de adversidad quieres creer en algo. Te da igual lo irracional que sea para tu mente, que siempre la ha desdeñado, la idea de un dios, siempre que este dios sea mucho más grande y poderoso que tú y se preocupe por ti. Lo que necesitas es, simplemente, delegar en otro tu problema, echar balones fuera y conseguir la paz que te permita acallar a tus demonios y dormir.

Aquí llega el problema. ¿En qué creer? Porque las grandes religiones tienen mandatos y obligaciones en los que no creo y que están obsoletos en el mundo en el que nos ha tocado vivir. Porque la más actualizada de ellas nació en el 610 después de Cristo y de eso hace ya unos años… Y creer en un monstruo gigante de espagueti que ha nacido como sátira tampoco me acaba de convencer demasiado, la verdad.

¿Cuál es mi solución llegados a este punto? Pues si no hay ninguna religión que se adapte a mí ahora mismo, crearé una desde cero. ¿Por qué voy a tener que adaptar mis creencias a cosas que no me atraen ni me convencen? ¿Por qué voy a tener que gastar mi fe en religiones que lo único que me aportan es la posibilidad de que exista algo más grande y poderoso que yo, pero sin ninguna razón de por qué ese algo está ahí, y repletas de dogmas anticuados?

Puedes pensar que crear una religión es una idea de flipado y que el que lo intente tiene que ser un colgado. Y no te voy a negar que quizás tengas razón, por lo menos en parte. Pero voy a explicarte por qué he llegado a este punto, y puede que consiga que cambies de opinión.

Tengo 27 años y solo hay dos cosas que diría que hago muy bien: sobrevivir y hacer amigos. Podéis pensar, y no sin razón, «pues vaya una cosa, yo también estoy vivo y sé hacer amigos, y 27 años no son 113, que ya ves tú qué misterio tiene llegar vivo ahí». Pero el caso es que llevo dos cánceres en mi mochila de vivencias personales, y se podría decir sin faltar a la verdad que he bailado no solo en la misma sala que la parca, sino que he llegado a invitarla a algún que otro agarrao cara a cara. Y resulta que el haber salido vivo de un entorno en el que más de la mitad de los compañeros de habitación que he encontrado han acabado muriendo, me ha dado cierta sensación de predestinación, y de que, si sigo en el mundo, será por algo.

Tenía dos teorías hasta hace un par de años. La primera es que estaba destinado a algo gordo, a cambiar el mundo de alguna forma grandiosa. La segunda, que me parecía bastante más probable, es que, por mi forma de relacionarme con la gente y de hacer amigos, mi misión en la vida era la de juntar a dos «alguien» que no se hubieran juntado si yo no existiera y que de la unión de esas personas es de donde saldría algo gordo y jugoso. Tipo Watson y Crick, los del ADN, o Watson y Holmes, los del 221B Baker Street.

El caso es que, como ya he comentado, tuve un segundo cáncer hace un par de veranos, y en esa tesitura de permanecer un mes ingresado en una planta de medicina interna en la que era el favorito de las enfermeras, no ya por mi simpatía y donaire naturales, sino por el sencillo hecho de que era de los poquitos capaz de controlar sus esfínteres, descubrí lo importante que puede ser creer en algo que sea más importante, grande y poderoso que tú. Y me tomé esa enfermedad como una pequeña señal de advertencia de que a lo mejor me estaba saliendo del camino. Como desde luego no me había salido de ese camino por dejar de hacer amigos, decidí que probablemente el problema estaba en que yo tenía que hacer algo gordo. ¿Y qué se os ocurre más gordo que crear un Dios nuevo de la nada que no solo te dé la opción de creer en algo más grande que tú, sino que además tenga la lógica suficiente como para que hasta los escépticos puedan verle el sentido?

Por mis propias ideas previas y por el mundo que me rodea, sé que todas estas ideas que voy a lanzar, y a las que estoy bautizando como religión, probablemente tuviesen mucho mejor acogida si les pusiese una etiqueta menos polémica, como filosofía, pues, al fin y al cabo, lo que vengo a «predicar» es una filosofía que espero que llegue a cambiar algo el mundo. Pero creo que la gente sigue necesitando algo que esté más allá de ellos, aunque solo sea en momentos de extrema vulnerabilidad; y además, creo en que nosotros mismos creamos estos «algos», y después de bautizarlos como dioses, les dotamos de más poder del que nosotros podríamos alcanzar nunca.

Resumiendo: mientras me encontraba en una situación de extrema vulnerabilidad, me di cuenta de que la fe me vendría muy bien para salir del paso, pero también fui consciente de que ninguna de las religiones que conocía me convencía, ya que todas ellas me parecían obsoletas. En consecuencia, he decidido crear una religión en la que yo pudiese haber creído y en la que, de hecho, ahora creo.