Capítulo 2

El nacimiento de un Dios

Los dioses son como los bancos.

Un banco no puede existir sin personas que confíen en él y depositen en sus arcas su dinero. Un banco recibe dinero de muchísimas personas, y aunque cada una de ellas deposita solo una pequeña cantidad, la suma total de dinero es inmensa y permite al banco hacer cosas que esas personas de forma individual jamás podrían aspirar a hacer, o no al menos sin pasar años y años ahorrando. Y lo más importante, un banco no podría existir si no hubiera personas que creyesen en el concepto de «banco» y se atreviesen a dejar ahí su dinero.

Por ejemplo, para la compra de un piso. Tú puedes ahorrar quince años para comprar uno, pero también puedes ir a tu banco y pedir un préstamo. Pasarás veinte años pagando tu deuda al banco y con condiciones sangrantes, pero tendrás tu piso ahora. Y tu banco te puede poner esas condiciones porque no tiene el dinero de una sola persona, sino el de miles o millones de ellas, y puede emplearlo como le venga en gana. Pero tiene también que tener en cuenta que es la confianza de esas miles de personas lo único que le permite seguir existiendo, así que más le vale tenerlas al menos mínimamente contentas.

Por lo tanto, tenemos aquí una entidad, un concepto que todos entendemos, que son los bancos. Ellos tienen muchísimo más poder que las personas individuales, sí; pero a su vez son totalmente dependientes de esos mismos individuos para seguir existiendo. Es más, solo existen en tanto en cuanto esos individuos son capaces de imaginarlos. Y si nadie mete dinero en el banco, el banco quiebra y se va a la ruina.

Pues bien, los dioses son como bancos de fe.

Las personas individuales depositan su fe en ellos en la medida de sus posibilidades mediante sus rezos o pensamientos, y cuando necesitan algo, lo piden, con la esperanza de que su dios/banco les conceda ese milagro/préstamo.

Por lo tanto, los dioses, al igual que los bancos o los gobiernos, serán mucho más poderosos que los individuos, pero también, al igual que los bancos o los gobiernos, dependerán totalmente de esos individuos para conservar su poder.

Los bancos tienen enormes reservas de dinero en su poder, y pueden hacer con él lo que les venga en gana. Siguiendo con la analogía, los dioses tendrían un montón de fe, o energía, o como quieras pensarlo, a su disposición, y podrían hacer con ella lo que quisieran. Desde un pequeño préstamo a esa ancianita, como ente individual, que reza para que su nieta haga bien el examen, y a la que curiosamente le caen las tres preguntas que se ha repasado justo antes de entrar a la prueba, hasta cosas que no tengan nada que ver con sus fieles y que sirvan, simplemente, para acrecentar su poder, al igual que los bancos invierten para conseguir más dinero.

A diferencia de los bancos, los dioses no dan ninguna seguridad. Tú les haces tus ofrendas, como peregrinar a Fátima si la operación de tu hermana sale bien, y ellos deciden si las aceptan o no, y si el pago les parece suficiente, con el agravante de que tú nunca sabrás si han intercedido por ti o ha sido la casualidad lo que ha hecho que eso que pediste se haga realidad. Podría ser incluso que no tengan poder suficiente como para lograr aquello que tú necesitas. La certeza que te doy es que uno vive más feliz creyendo que existe una posibilidad que cuando cree que no existe, y aunque solo fuera por eso, creer merecería la pena.

Profundicemos en que los dioses son ideas.

Imagina un ancestro nuestro, un cavernícola cualquiera de hace mucho muchísimo tiempo. Va andando por el bosque y se encuentra una piedra con una vaga forma como de lobo. Imagina también que ese nuestro ancestro ha tenido a bien degustar momentos antes unas setas que crecían por ahí, y que generan en él la certeza de que esa piedra es un lobo totalmente real y que le habla. Supongamos que este nuestro ancestro decide venerar a su piedra lobo y convertirla en dios.

Acaba de nacer un nuevo dios.

En ese momento, ese dios será un diosecillo de nada, apenas igual de poderoso que el hombre que lo ha imaginado, y su vida será tan efímera como la de este hombrecillo, pues solo él cree en su existencia. Pero si este hombrecillo resultase ser convincente, quizá al volver a casa logre persuadir a su tribu de la existencia de un dios lobo que vive en esa piedra. Y entonces el diosecillo será un dios tribal al que respaldará una tribu entera y tendrá la fe y la esperanza de vida de una tribu entera, pues los hijos de esas gentes creerán en él, y los hijos de sus hijos probablemente también, y así hasta que llegue un nuevo dios más poderoso que lo sustituya o hasta que la aldea sea exterminada y el dios muera olvidado.

Todo esto podría ser un ejercicio imaginativo. Se podría pensar incluso que me lo estoy inventando. También puedes pensar que he bebido de muchas fuentes y ahora estoy vertiendo aquí lo que he destilado en mi mente gracias a la suma de todas esas fuentes. O puede que Senco, el dios que he imaginado, me esté mandando «vía telepática» toda esta información en forma de inspiración. «Palabra de Senco», podría decirse. Yo no tengo forma de saberlo, y a efectos prácticos resulta ser exactamente lo mismo, así que elige lo que tú prefieras.

¿Y si los dioses viviesen realmente? No creo que ellos nos creen ni nos hayan creado a nosotros, pero sí creo que nosotros podemos crearlos a ellos. Nuestra creación es más poderosa que nosotros desde el mismo momento en que más de una persona cree en su existencia, y puede que incluso en el mismo momento de su concepción. Tienen sus propios pensamientos y su forma de actuar, aunque estos estén firmemente condicionados por lo que nosotros pensemos de ellos, ya que, al fin y al cabo, somos los que les damos forma. Yuval Noah Harari habla en su libro Sapiens de cómo hay un punto en la evolución humana en el que las comunidades pasan de estar cohesionadas únicamente por el «chismorreo», lo que permitía grupos de entre veinte y cincuenta personas, a estarlo por la religión, que permite que los grupos sean tan amplios como uno imagine. Y cuenta cómo ese punto fue vital en nuestro desarrollo como especie.

Puedes crear un dios pantera que ayuda a la tribu en la caza del jabalí, y si la gente suficiente cree en él, tomará forma en un plano existencial al que nosotros no tenemos acceso, y en ese momento existirá y tendrá el carácter que la tribu le atribuya. Es decir, si la tribu reza al guerrero pantera para cazar al jabalí, el dios ayudará con la caza del jabalí, pero es improbable que si una madre solitaria le reza para ayudar a su hijo perdido a encontrar el camino de vuelta a la aldea, el dios responda positivamente, pues en el imaginario popular él es un cazador despiadado que infunde fuerza y coraje en los cazadores de la tribu, no un amable y compasivo dios que se dedica a ayudar a la gente perdida. Aunque también podría darse el caso de que el dios decida intervenir e infunda el valor y coraje necesarios en el chavalín para encontrar el camino, y que el chavalín, agradecido, crezca y se convierta en el paladín que unirá varias tribus cercanas, consiguiendo así que este dios aumente considerablemente su número de adeptos y, consecuentemente, su poder. Porque los dioses, tal y cómo los imaginamos, pueden hacer cosas como ver en el futuro, y el imaginario popular viene siendo su lugar de nacimiento y residencia. Nosotros los creamos, pero los imaginamos de tal forma que son, con mucho, mucho más poderosos que nosotros, y su poder asciende según el número de creyentes que les recen. Por supuesto, el mero hecho de pensar que hay un dios que les ayuda ya va a hacer que los cazadores mejoren en su tarea. El chaval perdido y encontrado puede que decida su vida en función de aquella situación en la que se sintió salvado por el dios pantera y decida convertirse en guerrero pantera, y más tarde en caudillo. El mero hecho de que la idea de ese Dios exista ya hace que las consecuencias de su existencia existan, al margen de si su influencia es tangible o no.

Imagina un plano de existencia en el que viven y mueren los dioses, un mundo con sus jerarquías y sus tejemanejes. Un Olimpo griego, pero en el que el Olimpo y sus olímpicos son solo una pequeñísima parte del total.

Imagina que el momento crucial de la evolución de la humanidad, el punto clave que nos diferencia de los monillos que se suben a los árboles y se lanzan heces los unos a los otros, no fuera ni el uso de herramientas ni el desarrollo del lenguaje. Quién te dice que lo que nos diferencia del resto de especies animales del planeta no es, sencillamente, nuestra capacidad de crear ideas abstractas, como lo son los dioses. Que estas son las que nos complementan y nos hacen superiores, que hay un plano paralelo de existencia al que no tenemos acceso y con el que no podemos interactuar, o al menos no la mayoría de la gente y durante la mayor parte del tiempo, donde estos dioses coexisten e interactúan entre ellos.

Existen muchos animales que tienen un «lenguaje», que se comunican entre ellos. Y también los hay que usan herramientas. Hay especies de pájaros que dejan caer nueces en los pasos de cebra para que las rompan los coches al pasar por encima y luego se comen el fruto. Y hay especies de primates que utilizan piedras y utensilios para ayudarse en ciertas tareas. Por lo tanto, aunque el lenguaje y el uso de utensilios ha sido determinante en la ascensión del ser humano en la cadena evolutiva hasta la cima de las especies que hay en la tierra, es posible que no haya sido el factor decisivo. Pero ¿hay más especies que sean capaces de usar ese lenguaje para construir ideas abstractas, que puedan decidir confiar en un concepto como la «ley», y que de esa creencia que todos respetan nazca esta ley? Porque si ahora mismo alguien dejara de creer en la ley, la ley no dejaría de existir; y si alguien la incumpliese bajo el precepto de que no cree en ella, iría igualmente a la cárcel.

Somos capaces de crear ideas, ideas abstractas y poderosas a las que llamamos dioses.

El dios dinero campa a sus anchas en el mundo moderno, pero no aporta a sus fieles ningún consuelo. Todos los dioses que tenemos han nacido gracias a nosotros. No son ellos quienes nos han creado. Somos nosotros los que les hemos ido dando forma para que mediante su existencia compensasen nuestra incapacidad para entender el mundo que nos rodeaba y dieran explicación a preguntas tan trascendentes como quién somos o de dónde venimos. Pero en nuestra ignorancia siempre hemos pensado, a lo largo de los siglos y las religiones, que ellos eran los que tenían que ver con nuestra creación. Pues bien, es una simbiosis, y ya va siendo hora de que seamos conscientes de ello. No nos han creado, nosotros les hemos creado a ellos. Pero puede que sin ellos siguiésemos lanzándonos heces los unos a los otros. Así que dad la bienvenida al sencoísmo, que esperemos que esté aquí para contestar a las pocas preguntas que quedan sin responder en este mundo que nos ha tocado vivir.

Abres los ojos. Una planicie inmensa te rodea por todos los lados. Acabas de ser concebido y te preguntas a ti mismo cómo es posible que sepas lo que es una planicie o lo que significa la palabra concepción si acabas de nacer. El mero hecho de hacerte esas preguntas hace que tomes un poco más de cuerpo, y las respuestas aparecen en tu cabeza antes incluso de que hayas acabado de formularte las cuestiones.

La «planicie», esa nada que te rodea hasta el infinito en cualquier dirección en la que mires, es la materialización de la unión de todas las mentes humanas y está vacía porque tú eres el encargado de darle cuerpo, pero aún no sabes cómo. Aquí tú eres dueño y señor, pero estás viviendo porque los que creen en ti lo permiten, y no por otra razón. Visualizas a tu creador, y abres los ojos sorprendido, en una expresión muy humana, cuando te das cuenta de que has nacido de muchas personas al mismo tiempo. Un jaguar ha saltado sobre el jefe de una tribu rival y le ha arrancado el cuello a dentelladas. Tu tribu ha decidido de forma prácticamente unánime que ese jaguar era su dios, y en ese momento has tomado forma. Sonríes pensando en que te han atribuido una forma masculina, cuando el animal era una hembra que solo ha atacado porque el humano se había acercado peligrosamente a sus crías, pero no le das más vueltas al asunto. Adoptas una forma a mitad de camino entre el felino y el humano, con cabeza de jaguar y un cuerpo bípedo que reúne lo mejor de ambas especies. Empleas el poco poder que tienes en hacerles llegar a tus creadores y súbditos esa imagen directa a sus mentes, pues, aunque puedes cambiar de forma como gustes, que ellos te visualicen de una manera determinada te facilitará mucho el estar cómodo en esa forma.

Cuando el grupo que ha asistido a la muerte del jefe rival llega a la aldea y lo cuenta, sientes cómo tu poder aumenta con cada nuevo creyente. No han necesitado que les convenzan, puesto que llevan conviviendo con tótems y dioses animales desde que tienen uso de razón, y para ellos lo que acaba de pasar es una clarísima señal de que tú los favoreces. Gracias a esa convicción estás vivo, y dado que dependes de ellos para estarlo, los protegerás en la medida de lo posible.

Escoges a un jovencito. Todavía no ha cazado su primera presa grande y no es considerado un adulto, pero está cerca de la edad, y ha sido de los primeros en imaginarte como tú pretendías. Empleas buena parte de la energía de la que dispones en hacerle entrar en un sueño profundo repentino que los suyos verán como pequeñas convulsiones, espasmos y ojos en blanco. Apareces en su sueño dándole instrucciones precisas sobre como deberían adorarte. Sabes que con que se acuerden de ti es suficiente, pero una simbología fuerte siempre ayuda, así que le hablas de sacrificios animales y ofrendas de comida a los jaguares que rodean la aldea.

Han pasado más de doscientos años desde que naciste. Un parpadeo en la corriente temporal, una miseria. Has llegado a tu cénit y ahora caes en picado. Una enfermedad incapacitó a los mejores guerreros jaguares, y una tribu rival les atacó. Tu tribu se vio obligada a trasladarse para no caer en manos de los enemigos y vagó sin rumbo. Tu poder con tan pocos súbditos no vale más que para poner en su camino las presas suficientes como para que no mueran de hambre y asegurarte de que las aguas de las que beban no estén contaminadas. Pero no han hecho caso a su chamán. Han ignorado a la persona que designaste como destinataria de tus visiones y se han metido en el territorio de una tribu mucho más poderosa, contra la que no tienen ninguna opción. Observas cómo matan a todos los hombres y esclavizan a las mujeres, y cómo el chamán es forzado a matar una cría de jaguar, rebanándole el cuello, antes de que a él le hagan lo mismo. Y transcurren otros cincuenta años de pura impotencia y frustración mientras ves que las mujeres de tu tribu van muriendo y tu recuerdo se va con ellas, volviéndote más intangible cada vez. Hasta que desapareces como viniste con la muerte de la última persona que creía en ti…

¿Por qué crear una religión si ya hay muchas? ¿Es realmente necesario? Pues mi respuesta es que sí, obvio, por eso estoy escribiendo esto. Pero también puedo racionalizarlo. No hay ninguna religión que me convenza, y en mayor o menor medida, todas están anticuadas a más no poder o son una parodia de otras, como el Pastafarismo. Y quería cubrir una necesidad que ha existido desde siempre, la de tener respuestas, en un mundo en el que ya se tienen la mayoría de esas respuestas. Podría convertir en dios a la física cuántica, que aunque sea una incomprendida a la que casi nadie entiende, lo explica casi todo. Pero la física cuántica no te ayuda cuando estás solo. Aunque entiendas perfectamente el cáncer y cómo acaba con tu vida, desde los mecanismos por los que aparece y crece a cuáles son las posibilidades de tratarlo, pasando por los porcentajes de supervivencia a cinco y a diez años que tienes según los últimos estudios clínicos revisados, eso no te consuela ni te tranquiliza cuando intentas descansar por las noches, ni hace que te sea más fácil luchar contra la enfermedad. Así que necesito una religión que me dé eso que no me puede dar la física cuántica. Necesito una religión que me aporte la esperanza de que algo más grande se preocupa por mí y pueda ayudarme aun cuando las probabilidades están en mi contra.

Todas las religiones monoteístas que predicaron en un tiempo que Dios era el creador de todo deberían haber muerto con Darwin y su teoría de la evolución. Pero parece que es más difícil matar a un dios que simplemente hacer uso de la razón. Por ello el sencoísmo no pretende decirte «esto es así» y punto. Busca explicaciones que pueden tener sentido para preguntas a las que, por ahora, nadie puede responder. Busca dar a luz a un nuevo tipo de religión en el que puedas disfrutar de la fortaleza que da la fe sin la necesidad de sacrificar tu razón en el camino.

En eso consiste. En eso y en una filosofía ante la vida que intentaré desarrollar en las páginas siguientes. Es una suerte de intento de conducir a la humanidad a una «masa crítica» de pensamiento que con un poco de suerte nos haga avanzar algún paso como especie y facilite la vida, si no a los lectores de este libro, al menos sí a sus hijos. Para ello vamos a intentar unificar a mucha gente bajo una forma de ver la vida, y lo vamos a hacer sin odiar a nadie. Normalmente, la forma más sencilla de unir a una multitud de gente que en principio no tiene demasiado en común es asustarla y hacerla odiar a otros. El odio y el miedo son formas poderosas y rápidas de unir a la gente en contra de lo que causa ese miedo u odio. Pero, aunque esta sea la forma más sencilla, no buscamos esto. Buscamos la mejor forma, no la más sencilla. Y la mejor forma es la de unir a la gente por medio del amor, el cariño; mediante redes de amistad lo más extensas posibles que se superpongan y conecten entre sí, y sin necesidad de generar un enemigo común, que no sería otro que nosotros mismos. El sencoísmo como filosofía y como religión tiene como principal objetivo que tú seas feliz, y que alcances esa felicidad mediante una libertad de decisión y acción total, sin ningún tipo de restricción, excepto la condición de que seas consciente del porqué de los actos que lleves a cabo.

Si mi dios se llama Senco, es porque su religión intenta imbuir un poco de sentido común en la sociedad, ya que este es, por desgracia, el menos común de los sentidos. Y para imbuir sentido común en los cerebros de la gente, abotargados estos como están por los miles de mensajes idiotizantes que nos mandan desde todos los medios posibles, lo único que puedo predicar es que piensen por sí mismos. Párate a pensar, dedica tiempo a ello, cierra los ojos e imagina el problema que tienes como si fuese de otra persona, y qué le dirías a esa persona si te preguntase por ese problema. Hecho esto, pregúntate por qué le dirías eso y tira del hilo hasta llegar al fondo del asunto.

Es importante saber distinguir entre lo que uno hace porque cree que es lo correcto y lo que uno hace porque los demás creen que es lo correcto. Aunque acabéis haciendo lo que los demás piensan que es correcto en lugar de lo que en vuestro interior vosotros consideráis que es la mejor opción, simplemente con que seáis conscientes de que no es vuestra decisión, sino la de la sociedad, ya habréis dado un gran paso. Y seguro que en algún momento reuniréis la fuerza suficiente y no solo pensaréis libremente, sino que también seréis capaces de llevar a cabo eso que pensáis sin fijaros en lo que opina nadie sobre ello.

Resumiendo: creo que el ser humano sigue necesitando una religión a día de hoy, pero como no me gusta ninguna de las que actualmente permanecen vivas, he decidido crear una. Creo que la religión debería adaptarse al momento y a la sociedad, y no al contrario, y por ello, aunque he llamado religión al texto que tienes entre manos, te aconsejo que no saques conclusiones precipitadas ni hagas juicios demasiado rápido, ya que probablemente esto te recuerde más a una filosofía que a una religión. La diferencia básica es que he creado un dios, Senco, llamado así en honor al sentido común, buscando tener algo más grande que yo en lo que poder apoyarme en los malos momentos, y quiero darle a conocer a los demás, ya que cuanta más gente crea en él, más poderoso será. Los dioses son ideas, ideas que generamos nosotros y a las que nosotros dotamos de poder. Casi todo lo que diga a partir de ahora va a tener una interpretación más mística y otra interpretación desde la lógica. La primera está estrechamente vinculada con la fe, la segunda, con la observación y la experiencia. Por ejemplo, respecto al dios cazador puedes creer que el dios les está aportando energías de una forma mística e incomprensible o que son ellos mismos los que generan más energías al creer que hay un dios que se las aporta. El resultado final, en cualquiera de los casos, es que cazan mejor.