Capítulo 11

Teledicha: Repartidores de felicidad a domicilio

En la última cena de Nochebuena, en el contexto de una discusión familiar sobre si los jóvenes de ahora éramos unos quejicas que no lo teníamos tan mal, mi tío me dejó caer poco menos que yo era una sanguijuela y un desgraciado que no hacía nada con su vida. Y tenía razón, si lo miras desde el punto de vista del común de los mortales, porque en esta sociedad en la que vivimos, el punto de vista es el económico y a la gente se le juzga siempre según su productividad.

«Tienes que ser productivo para la sociedad o solo serás una lacra»

Bueno, no lo voy a negar porque, técnicamente, es cierto. Podríamos debatir sobre si ser una lacra es algo malo o no, pero no viene al caso. En lo que me quiero centrar ahora es en que para valorar esa productividad a nivel social, usamos una lógica capitalista. Digo «usamos» porque hasta que mi tío, en el contexto de la discusión, no me dijo que ya podía ser un poco más como mi hermano, que al menos tiene una empresa y da empleo a gente, y es productivo, no fui consciente de que en nuestro mundo la productividad es únicamente económica. Es triste, pero ni siquiera me lo había planteado.

No eres productivo si no aportas dinero de alguna manera. Si no tienes un curro, parece que no puedes sentirte realizado ni bien. Parece como si de repente la autosuficiencia y la independencia monetarias fuesen las metas más loables que uno pudiese alcanzar. Lo cual da dos problemas: el primero, para aquellas personas que no alcanzan la meta y son juzgadas por ello; el segundo, y puede que mucho más grave, el de todas aquellas personas que sí que alcanzan la meta, pensando que con ello se sentirán realizados, y descubren que la cosa no funciona exactamente así.

Si con 28 años tienes un trabajo fijo, un coche decente, y has pagado la entrada de un piso, parece ser que eres un triunfador. Eso está en nuestro subconsciente, grabado a fuego. Y tal vez al exponerlo ahora crudamente penséis: «bueno, hay más cosas». Pero lo cierto es que se mira con cierta condescendencia a alguien como yo, que me tomo las cosas con calma chicha y todavía no he tenido la necesidad de trabajar. Y no se fija uno en si la persona que tiene el trabajo, el coche y el piso es o no feliz y aporta o no felicidad a su entorno.

A mis 28 años he tenido dos cánceres, el primero de los cuales conllevó infinidad de ingresos y tratamientos, amén de un trasplante de médula. Solo con esto ya sé que tengo muy pero que muy complicado llegar a ser productivo alguna vez en mi vida en un contexto económico. Porque por mucho que cobre, y que pague en forma de impuestos, dudo que ni en tres o cuatro vidas pudiese llegar a pagar todo lo que ha costado mantenerme con vida. A nivel familiar me viene a pasar algo parecido: soy con certeza el miembro menos productivo económicamente, y encima como mucho y gasto dinero en cosas como si sí que aportase algo.

El caso es que yo nunca he sentido que sea una lacra ni que el mundo estuviese mejor sin mí, pero esta frase me hizo darme cuenta de que, según la visión establecida socialmente como lo normal y adecuado, sí, soy una lacra, y sí, obviamente debería sentirme mal por serlo y hacer algo cuanto antes para intentar cambiarlo.

Gracias a Senco, a que he leído mucho o a que tengo una particular filosofía de vida, no suelo hacer mucho caso a lo que socialmente se considera como bueno o malo, sino que tiendo a pensar sobre los temas que me preocupan hasta llegar a mis propias conclusiones, que intento que estén lo más libres posibles de imposiciones culturales. Empecé pensando en qué pasaría si me muriese. ¿Sería el mundo un lugar algo mejor? ¿Algo peor? ¿Quedaría más o menos igual? La respuesta que me di a mí mismo era que sería un lugar peor sin ninguna duda. Si has leído el título del capítulo te imaginarás por qué. Sí, suena muy flipado, pero considero que aporto felicidad al mundo.

Escribo esto a 7 de enero, recién acabadas las Navidades. En mi familia siempre hemos celebrado los Reyes y este año yo tuve muy claro mi regalo desde el 12 o 13 de diciembre. Quería regalar cosas. Se me había ocurrido una idea fantástica como regalo genérico y quería regalársela a todos y cada uno de mis amigos. Pero claro, eso iba a ser una pasta, así que me fui a mi madre y le comenté que lo único que quería como regalo era que no me pusiese ninguna pega por hacer muchos regalos.

Unos ciento cincuenta regalos hechos después, tengo que decir que ha sido uno de mis mejores regalos de Reyes. Con cada regalo entregado he disfrutado como si me lo hiciesen a mí, y dado que lo he hecho yo, creo que es obvio que me gusta y que me hubiera encantado recibirlo. Así, estas Navidades he recibido ciento cincuenta autorregalos, más algún regalo más que me ha hecho alguna gente maravillosa ocasional. He repartido felicidad a toda la gente que he podido.

Soy una buena persona y un buen amigo. Soy bueno escuchando a la gente, y tiendo a saber qué decir porque mi nivel de empatía es bastante alto, y además de ponerme en el lugar del otro, suelo aportar nuevos puntos de vista en los que mucha gente no piensa.

Voy a hacer un pequeño inciso aquí porque me estoy sintiendo súper flipado y sobrado al escribir esto, y quiero dejar claro que soy una persona normal, y con mil defectos, como cualquiera, pero os estoy contando mi mayor virtud y punto fuerte porque viene al caso para lo que quiero explicar.

Hecho el inciso, creo que soy una persona que aporta felicidad al mundo. Y bastante, además, aunque eso tendrán que juzgarlo aquellos que me conocen y me rodean. Esto me parece tan importante o más que aportar económicamente, dado que considero que el dinero debe ser el medio por el que llegar al fin, y el fin final de todo el mundo debería ser la felicidad.

A. G. tiene 28 años. Es médico, y en unos meses acabará la especialidad en oncología. Tiene una casa que prácticamente ha terminado de pagar y un Mercedes que compró casi nuevo, una ganga absoluta. Tiene un televisor más grande que la cama que tuvo en casa de sus padres y compra sin pensar cualquier cosa que necesita, pues su sueldo se lo permite. Cuando acabó el colegio y fue al instituto, sus padres, médicos ambos, ya habían planificado su futuro y él ya sabía que quería ser médico a toda costa, puesto que lo había mamado en casa. Trabajó duro y dijo que no a multitud de planes, pero con esfuerzo, y año a año, no solo entró a la carrera de medicina, sino que la completó a curso por año y con unas notas envidiables.

Sus padres nunca le preguntaron si salía lo suficiente de fiesta o si tenía suficientes amigos. No le preguntaron si era capaz de relacionarse con sus compañeros de una forma normal y sana, porque lo importante, que era sacarse la carrera, lo estaba haciendo fenomenal.

Durante la residencia, los años de especialización como médico, A. G. siguió con la misma dinámica y fue a multitud de cursos de formación y congresos. Entraba el primero y se iba el último. A día de hoy es un médico excelente que sabe muchísimo, y aunque a veces le patina la empatía en el trato con los compañeros, ya que no es una persona muy social, todo el mundo coincide en que es uno de los mejores especialistas de su hospital.

Pues bien, Antonio es feliz así. Él considera que el trabajo es su vida. No tiene muchos amigos, pero tampoco los necesita pues emplea su tiempo en estudiar y prepararse. No tiene familia, pero no descarta tenerla si encuentra a la persona adecuada. Que lo hará. Tendrá tres hijos y un perro, una mujer que le querrá, porque siempre fue un adicto al trabajo y ella era consciente de ello desde el principio. Será una parte productiva de la sociedad. Aportará trabajo y dinero. Pero seamos realistas, este buen señor no generará felicidad a su alrededor. Sí, él será feliz así, pero se acabó. Quizá su mujer, que se casó con él sabiendo lo que había, también lo sea. Y hasta aquí.

Incluso podría no ser feliz. Antonio podría ser simplemente una persona que escogió un trabajo obligado por circunstancias y expectativas y ni siquiera ser feliz en ese modo de vida que lleva, pero seguir adelante porque ha entrado en el bucle de lo que la sociedad espera de él. Y aun así seguiría siendo productivo a un nivel monetario, que es el único que parece contar en sociedad. Pero también sería deficitario, un agujero negro, a nivel de felicidad.

Para compensar esto, se necesita gente que aporte felicidad. Gente que consiguiera que Antonio estuviese un poquito, o incluso bastante, más contento, lo cual implicaría que su familia y sus compañeros de trabajo estarían a su vez algo más felices. Hay que desdeñar el paradigma en el que vivimos y por el cual la utilidad y la productividad económica van de la mano. Tenemos que abrirnos a un nuevo paradigma en el que la utilidad de algo se mida por la capacidad de ese algo para hacernos felices, aunque ese algo no sea tangible.

¿A cuento de qué viene este capítulo? Pues a cuento de que, si miro a mi alrededor, veo más Antonios que gente que aporte felicidad. Veo un mundo inmensamente rápido al que no le acaba de importar ni un carajo la gente que no sigue el ritmo. Veo un mundo en el que cada vez muere menos gente por hambre o enfermedades —aunque estemos muy lejos de llegar a una cifra digna en este sentido, sin duda estamos mejor que hace dos siglos—, pero que no es más feliz, o al menos no lo es proporcionalmente. Un mundo en el que «tener» se confunde con «ser feliz», como si ambas cosas fuesen lo mismo, haciendo que actividades que aumentan tu felicidad, pero no implican una «posesión» de algo, muchas veces sean desdeñadas.

Porque veamos, ¿trabajamos para vivir o vivimos para trabajar? ¿Consideras el trabajo un medio para llegar a un fin o el fin en sí mismo? Llámame raro, pero considero que el trabajo debería ser un medio para llegar a la felicidad, bien porque te llena, te gusta y te hace feliz, que sería lo ideal, o bien porque te permite comer y disfrutar de todo el rato que no estás trabajando. Creo que cualquier ser humano busca la felicidad en última instancia, así que el intentar ser un repartidor de dicha me parece aportar a la sociedad más de lo que podrías dar de ninguna otra manera, puesto que estarás generando el bien último que todos buscamos, pero sin necesidad de intermediarios como el dinero. No quiero decir con esto que trabajar no sea importante ni que haya que odiar el dinero, que tenemos que comer y de algo hay que vivir, pero sí me gustaría que, después de leer este capítulo, no solo os planteaseis al pensar en vuestra vida si sois productivos en lo económico, sino también en lo emocional. ¿Aportáis felicidad a vuestro entorno? Esa es la pregunta que me gustaría que os hicieseis.

Resumiendo: creo que todo el mundo tiene o debería tener como fin último en su vida la felicidad, aunque no todo el mundo emplee el mismo camino para llegar a ella. Y creo que la sociedad actual, con su consumismo desaforado, nos vende la falsa idea de que la felicidad únicamente se puede alcanzar «teniendo»; que necesitas «tener» un buen trabajo que te permita «tener» una buena casa, una buena tele, un buen coche. Yo creo que hay que pensar un poco más en el «ser», en ser feliz, y en que se puede aportar al mundo cosas que no tienen por qué ser tangibles, pero que van a aumentar el nivel de felicidad a tu alrededor.